martes, 26 de octubre de 2010

el arte del buen dormir (Cuento)

Las cosas sencillas parecen cada vez más lejanas. ahora es tan difícil levantarse de la cama, y todavía más difícil acostarse, sino fuese tan inconveniente dormir de pie o de cabeza lo haría, quizás debería intentar dormir en la mesa tapándome con el mantel, o recargado atrás del refrigerador.

Recuerdo que antes sí sentía sueño simplemente podía quedarme dormido donde quisiera, en la pesera, en el sillón frente a la tele, en mi cama si la tenía cerca, en la cama de una muchacha si había ocasión, o si estaba muy borracho podía dormirme en la intemperiosa banca del parque, o últimadamente en la banqueta, sin importarme la posición, o el lugar. Me gustaba despertar entre ruido de pasos y con la húmeda nariz de un perro en mi oreja, la gente se reía cuando me levantaba y yo reía un poco, pero me dolía la cabeza y dejaba de reír.

Ahora que lo pienso, mientras quito los broches de la cobija tercera, que se ajustan en la sábana segunda, no entiendo como es que todo se hizo tan difícil. Antes no era necesario ajustar con botones las cobijas ni sábanas ni meter mis pies a una funda especial, ni colocar mis manos en los moldes espaciales que hice con fibra de vidrio y esponja sintética que pegué al colchón; ni rezar mis peticiones al padre santísimo en 4 idiomas. Ahora simplemente no puedo dormir en cama sin hacer todos esto, imposible dormir en cama ajena, en sillón, o en el metro o banqueta, adiós a eso.

Primero fueron los pies, porque sentía frío y siempre se descobijaban, al principio me ponía doble o triple calcetín, pero mi circulación empezó a empeorar. La funda fue una solución brillante, pero con mis pies en esa seca y tibia funda no me podía mover con libertad, intente hacer movible la funda, pero se me salían los pies, qué otro remedio tenía, si no era el de hacerme inmóvil durante las horas de sueño. Las cintas para sujetarme se abrochan con velcro y son ocho, dos en las piernas, dos en los brazos, dos en el tronco, una en la cabeza y la última en el cuello. A veces en la noche mis manos empezaban a forcejear y lograban zafarse de su sus abrazaderas, entonces de madrugada despertaba tiritando de frío, con el cuerpo en desorden y mis pies fuera de su funda. fue por eso que invente las fundas para mis manos, tienen un mecanismo de aire muy sencillo, al meter las manos se infla un globo que las apretara haciendo imposible sacarlas sino hasta ocho horas después. Lo último fue asegurar las sabanas al colchón y las cobijas a las sabanas, detestaría descobijarme a media noche y sin poder hacer nada. entonces ahora a la hora de acostarme primero meto mis pies a la funda, sujeto las correas le la pierna y abotono las cobijas hasta mi cintura, me acuesto, abotono cobijas hasta los hombros, encinto mi cabeza, y cuello, abotono las cobijas hasta el cuello, sujeto las cintas de mi brazo derecho -porque soy zurdo- y meto la mano derecha en su estuche, luego meto mi brazo izquierdo en las cintas que ya tengo ajustadas a la medida y de paso mi mano izquierda -la más leal- entra a su estuche, en menos de 5 minutos siento que me falta el aire y me desmayo hasta la mañana siguiente.

debo decir que dormir se ha vuelto toda una proeza, tengo que abstenerme de cualquier liquido o solido desde cuatro horas antes de ir a la cama, y en verano tuve que contratar a una enfermera para que vigile mi sueño. siento algo de fastidio antes de irme a dormir, pero es una actividad vital, y no pudo dejar de hacerlo, es un alivio que mis pies se mantegan calientes mientras duermo.

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